Emérita ciudad del sacrificio
Esa tarde la niebla envolvía la ciudad de Emérita. También
había lluvia menuda. De esas que lo empapan a uno hasta los huesos. Yo iba
caminando por la calle adyacente al rectorado de la Universidad de los Andes.
Subía por la acera en la que está la casa de Juan Félix Sánchez. Tambaleante,
trastabillando,ebrio,ciego, hasta más no poder... quería cruzar la
calle, pero no podía. Me propuse. Lo logré. Mi cerebro estaba embotado. No
pensaba. Había bebido unos cuantos tragos de ginebra. Y aún quería beber más...
Crucé la avenida 3, frente a la plaza Bolívar. Me senté en
uno de sus bancos. Extraje de mi chaqueta raída la media cajetilla de
cigarrillos. Aún quedaban algunos. Encendí uno. El fumar me distraía. Ver como
formaban figuras las volutas de humo. El tiempo parecía interminable. No sabía
cuanto había transcurrido. Estaba como en el limbo. Recuerdo las imágenes
borrosas desde que salí del bar-pizzería. Las siluetas en la plaza parecían
fantasmas. Las gentes no tenían rostro. Se habían quitado la máscara. Ya no se
miraban en los espejos, pues , no tenían que verse.
El tiempo ha sido interminable e indescifrable. Yo no caía
en cuenta de mis raíces en el banco de madera. Era como si existiera solamente
en el desgano de la vida y en la aparatosa realidad de la muerte. No sé cuanto
tiempo estuve en la plaza. Me desperté cuando un agente de policía me llamó. Me
zarandeó el muy desgraciado. Yo no sabía donde estaba. Recuerdo las 5:15 de la
tarde. Me desperté plenamente y miré el reloj de la catedral. Era las 5:15 de
la tarde. ! Cuánto tiempo había pasado..! ¿ Y seguía siendo las 5:15 de la
tarde..? Era como si el tiempo no existiera. Como si fuera interminable. No.
Interminable no. Inexistente que es diferente. Interminable es un transcurrir,
pero era inexistente..!
La gente estaba alborotada hacia el lado de la avenida 3.
Una ambulancia llegó con su ruido espantoso. Me dolían los oídos. No soportaba
la sirena ni los gritos atorrantes de la gente-¿Por qué tanto ruido...?- ¿ Qué
pasaba...? Me levanté trabajosamente. Me dolían las rodillas, las costillas,
todo el cuerpo, como si lo hubieran arrastrado por la tierra o más bien por el
pavimento, como si le hubieran dado una golpiza. Qué dolor y malestar tan
terrible. Se me estaba pasando la borrachera y ya sentía infinitos dolores y
ganas de vomitar inmensas.
Yo hubiese querido que mi
situación fuese otra. He estado vagando toda la madrugada en la plaza Bolívar y
sus adyacencias. Estaba allí, ausente de toda presencia. Parecía moribundo.
Parecía estático. Entre dos tiempos. Parecía que la niebla se confundía
conmigo. Toda la madrugada viendo la cavidad estelar, parecía un cuento mítico.
De pronto, di un sobresalto. Ella estaba ahí, enfrente de mi. Ausente. Pálida.
Muda. Cargando todos los siglos del mundo. O tal vez un instante. Un instante
que parecía un gran recorrido entre la locura y la muerte. Su cabello
distendido,brillante, plateado, era agitado por el viento.
Realmente no sabía que hacer.
Entendía que esta situación era muy
compleja e inverosímil. Según lo que había leído, esto era algo parecido a una
situación fantasmal. -pero cómo...¿ soy un fantasma acaso..? me dije: .- ¿qué es
esto...? Me sentía un fantasma..¿ O no..? pero, cómo diferenciar la realidad
inverosímil en que me encontraba , con la realidad que había percibido desde
siempre. Desde mi nacimiento hasta la borrachera terrible que agarré en el
bar-pizzería.¿ Es que acaso hay diferencia entre la vida y la muerte...?
Pero, yo estaba allí, frente a
ella, su cabello distendido, brillante, plateado. Ella me tomó dulcemente de
las manos y me invitó hasta la complejidad de su ser y de su tiempo. Hasta la
complejidad de su inexistencia. Hasta la complejidad de su realidad
inverosímil. Todo ha sido en segundos. Siglos tal vez. En el mundo fantasmal no
existe el tiempo.
Las casas son de barro. Todos
somos de barro. Barro amasado que sucumbe. Las escaleras, los guijarros, los
retratos amarillos y apolillados, los baúles verdes, las imágenes religiosas,
los rosarios, las camas y los cuartos olorosos a trementina, las limpísimas
vasenillas , la pomada de rayo para los dolores de cabeza, los escapularios de
la virgen del Carmen, el sagrado corazón de Jesús entronizado, la piedra
volcánica para evitar los rayos cuando había tempestad, la cocina de kerosén,
las orquídeas, las violetas, las begoñas, los gatos que le llevó una vez
Alfonso Terán a Thamar de Ávila en una tarde de junio, los perros: el solimán y el yûber, el gino, las gallinas,
los puercos, los naranjos, los aguacates, el café recién tostado, los limones
dulces, el tronco seco lleno de alimañas, de allí del tronco salió una culebra
roji-negra que siendo yo un niño de cuatro años pude haber muerto sin darme
cuenta. Pero el gato de la casa se
entretuvo jugando con la sierpe. Me salvó la vida...!!.
Años o siglos han pasado
desde que Teresita, la niña de la escuela, me dio un beso con sabor a almíbar
de higos. Han pasado muchos años desde que fui a ver la caída de agua en la
montaña de los indios. La laguna quedaba cerca. La laguna que cuando se le
lanzaba piedras se embravecía y se llevaba a sus encantamientos a los que la
provocaban. Eran los encantamientos de los indios mucu. También supe de la
leyenda del fraile. La maldición de un franciscano español que se atravesó en
la vida de un encomendero cegado por el oro y las tierras en el valle de los
mucu
-Ni Dios podía quitarle la
riqueza obtenida a sangre y muerte.
Pudo ver el fraile desde lo alto de la montaña cuando
seguía su ruta al valle del Espíritu Santo el deslave del volcán y el arrase de
la hacienda donde se hospedó la ultima noche.
Sigo aquí en este marasmo de
neblina. Algo me ha sucedido y no he podido vislumbrar la realidad. Hace un
poco de frío. Ella tiene las manos un poco frías. Aún no me ha dicho su nombre.
Sigue muda y me mira con una mirada dulce e inquisidora. Y yo no le he
preguntado nada. Es como si la conociera desde siempre. Ella me gusta. Hasta
podría declararle mi amor y ver sus destellos de pasión. Pero la observo, y me
parece como si no existiera. Su cabello distendido,brillante, plateado, lo
agita el viento. Ella es hermosa...
Tantos miedos, tantas obsesiones, tantos fantasmas ambulantes,
tantas correrías, explosiones, tiroteos, discursos, efusividades, amores perdidos,
indecibles, sufridos, orgiásticos, dulces, tormento sos. Tantas ternuras y
tanta lujuria en la vida de las gentes.
PARTE I- Autor: Hildebrando Morales López.
PARTE I- Autor: Hildebrando Morales López.
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